Despertándome en una cama de hospital.  Objetos fríos atados a mis extremidades y una máquina que me decía que todavía estaba respirando. Leo lentamente el cartel colocado al lado de la cama:

“Usted está en el Hospital General de San Francisco.

Su cabeza golpeó contra los rieles de tren

y sufrió una traumática lesión cerebral severa.

Es el 20 de octubre de 2012″

La confusión comienza … “¿qué año se suponía que debía ser? Ni siquiera puedo recordar el día en que nací”. Los meses que siguieron continuaron con un patrón similar, letargo, desconcierto e inmovilizada. Mis neuronas magulladas luchaban para conectarse pero no podían transportar los comandos deseados a mi cuerpo. Mi cerebro estaba en constante sobrecarga, y como una computadora con problemas de memoria tratando de manejar demasiada información, se estrelló y colapsó. Todo era ABRUMANTE.

Aquellos meses después del accidente fueron de recuperación y re-aprendizaje. El miedo predominante  era que no iba a ser la persona de antes.  Recuerdo el día que rompí a llorar por frustración. Conversando con mi prima por teléfono, le pregunté sobre mi tía Gata. Ella contestó tristemente: “Tía Gata murió.” Dolida y enfadada, respondí: “¿Por qué nadie me avisó?” Mi prima respondió pacientemente: “Margarita, estabas en el funeral.” [Silencio] ¿Qué pude decir? Quise  arrastrarme hacia los rincones más profundos y oscuros de mi ser y desaparecer.

En un corto lapso de 20 años, he enfrentado la posibilidad de muerte 11 veces y de alguna manera, de manera absurda, este hecho indiscutible no registró. Había ideado una estrategia llamada: Mecanismo de Defensa Elaborado, lo cual significaba que podía trivializar incluso los momentos más aterradores, dolorosos, peligrosos, deshumanizantes y desesperados como insignificantes y seguir adelante. Lo que implicaba que cada momento era una experiencia aislada indigna de mi atención. Incapaz de ver los patrones, por lo tanto, incapaz de aprender de ellos y en consecuencia, incapaz de observar el panorama más ampliamente.

Cuando llegó el “insight”, la verdad oculta, lo sentí como un balde de agua helada sobre mi cabeza herida. Existía un significado más profundo, una conexión entre estos acontecimientos, como una corriente invisible.

Simplemente dicho: YO SOY EL PATRÓN.

Más allá del mundo de las justificaciones, las excusas, las explicaciones y la culpa externa, hay un mundo más veraz, consciente que lo dice como es. Es en ese momento cuando reconocí que no quería volver a ser la persona indiferente, llena de mecanismos de autodefensa, que era antes. A medida que el miedo se desvaneció fue reemplazado por la emoción asombrosa de una nueva oportunidad. A través de esta nueva conciencia, comencé la desafiante reconstrucción de mí misma y llegué a comprender plenamente: “nunca tengas miedo de desmoronarte, ésta es la oportunidad de reconstruirte como siempre lo deseaste.”

Puedo mirar atrás ahora y sentir inmensa gratitud por la experiencia, a pesar del inmenso desafío. Existió porque necesitaba aprender algo fundamental sobre mí misma, que ahora pienso que salvó mi vida. Sin embargo, me lleva a plantear la siguiente pregunta:

¿Tenemos que esperar a que el Universo nos golpee brutalmente en la cabeza con un martillo cósmico, para obligarnos a DESPERTAR?

Mi intuición me dice: “No”.

No tenemos que esperar para tocar fondo por el agotamiento del estrés, por ser despedidos, por el divorcio, por el cáncer, o por la muerte de un ser querido para cambiar conscientemente nuestras vidas.

Podemos decidir AHORA abrir los ojos, decidir mirar dentro, cavar profundo y surgir más fuertes, más sabios y rejuvenecidos que antes. HOY podemos reconocer que siempre tuvimos y tendremos el poder para decidir NO ser el patrón.

 

Margarita Pareja-Stoyell
Co-fundadora de Beyond Be Extraordinary

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